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Les doy las gracias porque hoy necesitaba que algo llenara mi alma…sentía un vacío que nada ni nadie me llenaba y hoy, encontré una respuesta a tantas incógnitas que tenía mi vida: encontrarme leyendo estos articulos fortaleció mi alma, y pensar que tan cerca está y tan lejos lo sentía…Hoy le doy gracias a mi Dios por saber que hay tantas personas maravillosas en este mundo.

Le doy gracias a Dios por encontrar esta página, ya que en este momento sólo pedía un milagro para llenar mi alma que estaba sumergida en un profundo vacío. Yo sabía que algo la llenaría y que Dios me trajo a este mundo para algo, y con mis años, no había encontrado nada que me llenara y hoy encontré en sus lecturas, algo que en mi yo interno me llenó.
Gracias señores, que Dios los bendiga y le llene de todas las bendiciones. No saben el regalo que me han dado hoy y desde ahora, no me sentiré tan sola en este mundo sabiendo que en mi vida está nuestro Señor, siempre conmigo acompañandome…
Josefina.

“Del corazon me salio esta palabra: Señor, quiero estar sana de espiritu para poder dar amor a quien pueda ayudar, sin pedir nada a cambio y dar sin recibir nada a cambio. Yo sé que el amor es la base de la vida, como la fe es la base del alma, sin ellos dos nos sentiremos como un barco sin timón.
Señor, tú que todo lo sabes, tú que todo lo ves, ayúdame a conseguir mi camino sin espina, un rebaño con ovejas donde yo la pueda guiar, dame las armas que se que solo Tú las tienes, yo se que solo encontrándome contigo sere una buena persona, sin miedo, en odio, sin rencon y poder perdonar a los que no supieron amarme, a los que me hicieron sufrir y me quitaron lo mas bello que tiene el ser humano: la confianza”


Las personas que viven como piensan, o se esfuerzan en la coherencia de su decir y hacer, son casi siempre objeto de insultos y acusaciones por los que viven sin llevar su pensamiento a la concreción. Esta desfiguración de los hechos con el pensamiento, es análoga a la armonía entre oración y acción, donde se reza para llegar a la fuente del amor, no para guardarse ese amor para sí mismo, sino para entregarlo, donarlo a los demás. Un fácil entendimiento de la palabra “prójimo”, lleva a que no significa “lejano”, más bien “próximo”, es decir, quien tengo a mi lado inmediatamente; lo que Dios ha elegido para que de cumplimiento con mi misión, en el diario vivir, aunque insignificante sea.
La consecuencia busca enlazar y describir esta armonía entre los pensamientos y acciones. No es necesario congratularse en grandes obras para dar fluidez a la consecuencia. De nada vale hacerse el consecuente en cientos de miles de lugares, si en mi diario vivir, en mi intimidad, no soy capaz de descender el Evangelio a las cosas sencillas. El edificio debe construirse desde abajo, así, la construcción superior se hace más firme, y no se derrumba. Claro es que los seres humanos se equivocan y en su esencia, traen ciertos defectos que están llamados a extirpar, en el sentido de hacerse virtuoso en el combate de estas cruces que Dios nos ha dado. Mas distinto es no reconocerlo, dar por oleada y sacramentada mi situación; sin esfuerzo alguno, pedir y pedir, cuando lo que Dios espera de uno es la actitud contraria, que no es otra cosa que fijarse en cuáles son los obstáculos propios que impiden la realización plena del amor que debo al Padre, tanto como a mi prójimo.

La consecuencia es de último grado. No hay consecuencia entre puntos medios, ni para con ciertos valores que recortan la realización del hombre. Si se es consecuente con el Padre, también se es con la verdad, con la fe, con la esperanza, con el amor. De ahí la importancia de exámenes de conciencia recurrentes, pues el ser humano olvidadizo de su conciencia, ya se envanece cuando la deja de lado, y comienza a culpar a sus semejantes de sus propias caídas y frustraciones. La humildad es cuestionamiento en el cedazo de la verdad: oración constante, no tan solo en las noches mientras me voy a dormir; también en los quehaceres, en recreos distantes, inclusive, en momentos de aparente ocio, caminando, divagando, etcétera, es necesario pensar qué estoy haciendo de mi vida, si la que llevo está en consecuencia con lo que Dios pide de mí; aun sea difícil, lo que se exige es máxima coherencia entre lo que anhelo y lo que ya hago todos los días. No importa equivocarse, y levantarse mil veces si en mi corazón, la disposición ha sido siempre y en todo momento, dar lo máximo en mi poder. En tal caso, estas caídas fortalecerán mi coherencia última.
Es de difícil comprensión en el mundo actual esta consecuencia evangélica. Ya los que no la comprenden, desde su visión antropocentrista de los hechos, se figuran cientos de sentidos y significados del actuar de la persona que ha dado el “sí” a la libertad real. No se entiende. Desde locura, hasta fundamentalismo, sin antes repasar la propia vida, las personas se llenan de juicios hacia los demás, olvidando su propia fragilidad, sus propios defectos. La esencia misma del cristiano, su propia religiosidad, queda en entredicho con la inconsecuencia de mi vida.

En nosotros, cristianos y católicos, recae una responsabilidad muy mayor a la de cualquier otra persona. Y no es porque profesemos esta fe determinada, sino porque desde nosotros, se da cuenta del testimonio de la evangelización. Es insignificante evangelizar si no doy con el ejemplo antes; y muy posible es que quien recibe mis palabras de evangelización, sea una persona más coherente que yo mismo, y, equivocadamente, estoy dando por certeza que debe aprender de mí, cuando es a la inversa.
Asombro y perplejidad. Seguro estoy que un alma llena de amor, no tardará en romperse por algún lado, y desparramar aquella entrega, pues el fuego se expande y enciende corazones en caricias y saludos, diálogos y discusiones, peticiones como recibimientos. Si deseo que los demás sean consecuentes, antes yo debo serlo. El amor saca amor, frase de Santa Teresita de Ávila. La consecuencia, saca consecuencia. Mi evangelización, es evangelización para con los demás.
La inconsecuencia es escuela de odio. Inconsecuencia y egoísmo, van de la mano. Al estar no preocupados por amar, ya sobrevienen en mí los deseos de juicio, inmisericordia y desamor. Se estanca el ser mismo que no aterriza en la coherencia de su propia vida, única vía para armonizar la de mis semejantes: mi ejemplo.

¡Oh!, Puerta, ¿Qué hacéis allí sin moveros, sin dignaos a caminar?
¡Oh!, Puerta, ¿Qué tenéis que contaros hoy? ¡Cumplid tu palabra!
¡Oh!, Hombre, Todo lo que os tengo que contaros ya está dicho
¡Oh!, Hombre, Mi semblante yace aquí siempre, fijo cual ujier en el proceso
¡Oh!, Hombre, Te replico: si vivieseis en mí, ya querríais ser puerta
¡Oh!, Puerta, ¿Por qué sois tan soberbia? Vivéis en la penumbra de la infelicidad
¡Oh!, Puerta, ¿Qué me decís de tanta desgracia junta? ¿Queréis que sea como tú? ¡hum!
¡Oh!, Hombre, La felicidad la tengo aquí, hombre pequeño y enceguecido
¡Oh!, Hombre, Veo y contemplo la dulzura de los corazones
¡Oh!, Hombre, Dejadme en paz, no quisierais ser hombre si comprendieseis mis palabras
¡Oh!, Puerta, ¿Qué tan feliz sois? ¡Decidme de una vez, o cargo contigo!
¡Oh!, Puerta, ¿Tan mal agradecida sois? Te elegí entre cientos de miles, ¿con esto das tu paga?
¡Oh!, Hombre, Soy feliz aun me eches abajo. Este dintel atestigua mi felicidad, este umbral la refuta.
¡Oh!, Hombre, No tengo más que decir; si me creéis, aprended de mí. Si no, dejadme en paz
¡Oh!, Hombre, Vivid en tu dádiva. Ya tenéis bastante en que ocuparos.
¡Oh!, Puerta, ¿Dirás de una vez? ¡Mirad lo que tengo en manos!
¡Oh!, Puerta, ¿Abrirás tu corazón de una vez? ¿O no sois más que un atado de astillas?
¡Oh!, Hombre, Aquí está mi felicidad. Ven, acercaos. Tocad. No necesitáis decidme nada.
¡Oh!, Hombre, Apresuraos. Dignaos de una vez, desprendeos de vosotros mismos. ¡Ven!
¡Oh!, Hombre, Aquella asa es mi felicidad. Vuestra asa, para ti esperpento, es mi dicha matinal.
¡Oh!, Hombre, Es mi aurora celestial. Es mi continente de realidad. Es mi sabia fluidez.
Os lo digo hoy, hombre. Húmeda es. De cuando en cuando tuerzo mis estructuras en pos de retenerla. Es mi afluente de niñez. Es mi densidad candente, entre pinos y silvestres. Es mi oído y contemplad de noches y despertares. Es mi temperatura en doblez: calor para sí, frialdad hacia fuera. Es mi sueño sin despertar.
¡Oh!, Hombre, Aquella asa, hombre de mil haberes, es mi conexión con su pequeñez. Aunque presienta y detenga sus porosidades en una sola mañana, en una sola tarde, en una sola noche, soy feliz, aquí… Ya veis. El mundo no lo ve. Pues no enloquecí en mis tareas. Conozco sus gentilezas y escapes. Sé de la fineza de sus presentimientos, de la altura de sus risas. No tengo más que pedir, hombre. No sabéis de lo sencillo de vuestra comunión. Espero, aquí, su llegada. Otro día feliz para mí…
Luis Robert
Dedicado a mi querida Andrea Balbontín.
Despilfarradora de amor
Agradezco a Dios tu bellísima alma…

Recuerdo la alegoría de la caverna de Platón, en donde dos hombres, encerrados, buscan la felicidad. Están atados por cadenas, y todo allí es oscuro. Mas hay una fogata, que les permite observar las sombras de lo que sucede afuera. El problema está en que lo que ellos piensan como verdadero, real, supremo, esencial, no es más que lo contingente, un engaño, algo aparente, o perecedero. No son más que las sombras del mundo real lo que se proyecta gracias al fuego.
En esta alegoría, las cadenas representan la prisión del mundo, la ilusión de sus propias conciencias.
Al salir, se encuentran con un mundo nuevo, lleno de felicidad, ya no oscuro, sino iluminado por un bello y radiante sol: sólo después de este salto, descubren que la caverna es la sensibilidad, la mundaneidad, la mentira, el yoísmo en actividad.

Fue Nietzsche quien relativizó este antiguo mito, aduciendo que la desgracia del hombre no está dentro de la caverna, como Platón desea representarlo, sino, fuera de ella.
La infelicidad del hombre estaría en asumir categorías que le vienen desde fuera como propias, impuestas: la verdad, por ejemplo. La libertad estaría radicada no en el seguimiento de la luz que ofusca la mirada. En lo pequeño, profano, instantáneo, el hombre se expande, y se realiza a plenitud.
La modernidad está envuelta entre dos mundos. No sabe si cruzar el umbral de la felicidad o la desgracia. En algunos casos extremos, tampoco, -aunque yo diría muy recurrentes-, en mi parecer, presume cuál es la dirección correcta. Se debate en lo incierto, en una suerte de entresacado de ambas realidades: la mundaneidad y lo eterno.
Platón supo, a través de estos mitos, escrutar las profundidades de la condición humana.

La verdad está afuera, y el transito desde la prisión a la liberación, es la santidad del hombre. Lo que adentro acontece, es una epifanía del egoísmo, una guerra de todos contra todos. No hay puntos intermedios, ni un justo equilibro desde esta perspectiva.
El Camino, la Verdad y la Vida es uno solo.
Una vez afuera, ya es posible contemplar desde lo alto, el mundo de la neurosis del yo. Sólo allí se sabe que no es que la verdad sea un dios a quien se le rinde culto y olvida la singularidad de los seres humanos, al contrario: la Verdad se sigue en cuanto tenemos certeza de su legitimidad, por Cristo.
Es por ello que el entroncamiento entre filosofía griega y cristianismo, Santo Tomás de Aquino, San Agustín, por ejemplo, viene a ser una perfecta armonía entre lo que ellos, los griegos, buscaron a tientas sin saberlo, “El Dios desconocido”, en palabras de San Pablo, y lo que nosotros asentimos en cuanto fe, Cristo Resucitado. A la postre, no es un desplazarse o un eterno retorno: volver a la caverna es un retroceso del ser humano.

Luis Robert V

La persona que ama, digo, de veras, está sujeta a renovarse en el amor a cada segundo. Y cierto es desde el momento en que amar es un verbo, esto es, un ejercicio de la voluntad humana, es decir, esencialmente libre. Esto significa que para amar, es necesario liberarse de las ataduras, cualesquiera estas sean. Una de las tantas son las preocupaciones.
El preocuparse, en un sentido benévolo, es expresión de ese amor que el hombre inconteniblemente desea dar. Es aquella preocupación que atiende a la persona objeto de la realización; el anticiparse a su ser; en otras palabras, su donación total. Acaso en este punto la palabra esté mal empleada, pero no dejo de pensar en que el preocuparse por entregar, donar, etcétera, tiene este sentido, que no es sino la apertura hacia el otro. Pero no es aquella la preocupación que necesita liberación. El estar preocupados, ya no en este buen sentido, obstaculiza la expresión amorosa. Las hay muchas, mas principalmente, es la que confunde el amar con el éxito de la donación.

Cosa cierta es que el amor siempre triunfa, pues, no hay virtud más excelsa, gloriosa, trascendente, llena de gracia en los siglos de los siglos que haya llenado tanto al hombre. El problema aterriza cuando el ser humano relativiza el triunfo eterno del amor, -sólo asible el día en que nos abracemos con el Padre-, con el éxito de su disposición, esto es, condicionar a metas más o menos finitas su capacidad.
Cuando se trata de amar no existen cotas. Hay una relación precisa y clara entre amor y fidelidad. Si se es fiel, es decir, entrega absoluta a ese Dios con quien viviremos por toda una eternidad, también el amor reclama una ilación de roca con el péndulo de Dios. El amor cuando es magnánimo, trascendental, divino, no está ajeno a dolores y sufrimientos que las más de las veces son semillas de regeneración de nuevo y vivo amor.

Pero estos estados sólo son posibles si la persona amante se mantiene fiel a la fuente del amor. Cuando no es así, se quebranta la fidelidad, y se cae en pseudo fidelidades, p. ej.: metas mundanas, objetivos mediatos, apariencias, etc. Todo este escenario cultiva en los seres humanos un ambiente de escepticismo y duda, sea al cumplir lo esperanzado en menos tiempo, o bien, esperanzas frustradas de lo que parecía fácil pero se mantiene en lo eterno.
Amando en fidelidad, se cruza este umbral de desesperanza. El amor con ribetes de verdad, necesita, para ser hermoso, radiante, de certezas últimas. Este amor-esperanza está puesto en la infinitud de la obra del Creador, y, por semejanza, se hace pequeño en los corazones humildes, para cuando darse, de la nada misma, hacerse grande, potente, poderoso, redentor.

La esperanza cristiana nos llama a vivir esta realidad de amor en firmeza. Es como un gran jarro que necesita ser llenado para rebasarse y así, verter toda la dulzura de su néctar en sus alrededores. En el caso del amor, esta inundación es sin límites, infinitamente gozosa. Cuando es así, el hombre se sabe glorioso, lleno de felicidad, aun en los momentos más dolorosos y sufrientes. Belleza pura ve enfrente. Lágrimas de este néctar son efectos de la lluvia, del torrente amoroso que casi no cabe en su ser. Bueno es así desparramar.
Preocuparse por amar. No hay otra preocupación. Metas, objetivos, que siempre los hay, no deben convertirse en tacos. El éxito, inunda de desdicha lo más precioso que un ser humano puede vivir en sus años de vida terrena. Es el Padre quien en última instancia se encarga que las empresas humanas tengan éxito o no. La fidelidad es amor al cielo, cimiento para el darse con entereza en nuestra vida.

Luis Robert V.

” De mi silencio pueril
Un día bajé en la dicha
Sin vista, ni oídos, tropecé sin bostezar
Púrpura, rosa, sana, locuaz, me llamó
Ni mi ángel supo del cumplido que amó
Interés abstracto parecía concebir
Desplome exacto al carmesí filial

En esos valles lúdicos mi ser danzaba
Mi alma en mostachos veíase con pluma
Sonora, al juego volvía
Envolviste lo visible al gentío.
Llenaste de espera lo simple y perenne, sincera mía
Retoños del cielo brotaron sin suelo
En la estrecha calma de mis rondas sin pañuelo

Deshice tu sol entre pinos y abrazos
Deseamos al unísono la pura lumbre
En porfías y eclipses, te hice la nada
Estridente, en gozo, dulce aprisionada
Al fondo, santo, sin salir, fuiste a la cumbre
No sabrás de alguien que de tu celda guarde la llave
Ni ganzúa destronará el fuego incandescente de nuestro cerrojo

Ya el alba se fraguó, mi silencio en el recodo quedó
Inhiesto te busco, te pienso, en soplos y ventoleras
Sonrojado, constante, estoy; llano en tu siembra dispuesta
Vas y vuelves; cambias, redireccionas mi desplante
Ebrio, lagrimoso, detienes mi oleada amorosa
Zafar, revolotear, es tu corazón danzante; te sueltes, te vueles
Borracho sin alma estoy; tu pie en hebra aurífera, atado de mi alma está.”
Luis Robert

MÍA

Mujer sencilla, sin orden y alzada
Me tomas y sigues, le hablas puro
En trozos, con miel, uno tu alma
Te zafas, te largas, te mueves entre el sol y la luna
Predestinación revelada, consumo mi aire, mía.

Adusta, sin roer, atiendes mi suplica
Lenta en ternura, sé de tu llaga
Fulgor, resplandor, expiras al mundo
Rosada, saltarina, es tu misericordia
Predestinación revelada, consumo mi aire, mía.

Sonrió en tus juegos de niña profunda
Saltas, borras y jugueteas en mi angustia
Lo dices y cumplo, no cumples y dices
Soy esperanza en calma oyente sin tiempo
Predestinación revelada, consumo mi aire, mía.

Sin armas ni espada, ni galón me viste
Mascullo en el cielo tu figura perenne
Tullido, sin vida, tomo tu velo
Tu ángel recita mi rubrica al mundo
Predestinación revelada, consumo mi aire, mía.

Quieto, mis lágrimas, derrotan las llamas
Una gota sin gota rosada levanta mi alma
En llamas lo supo, enervada, la gota sin gota despide mi derrota
El rayo de mi corazón eterno irradia tu dicha
Predestinación revelada, consumo mi aire, mía.
Luis Robert


Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el mas fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aúnque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño
Cambia todo cambia…

Cambia el sol en su carrera
Cuando la noche subsiste
Cambia la planta y se viste
De verde en la primavera

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente
Lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana
Pero no cambia mi amor…
(Mercedes Sosa)
http://es.youtube.com/watch?v=bkan9AmOWwQ

Nuestro amor al prójimo se expresa en la confianza. Desde siempre, en las relaciones interpersonales, es la confianza, para mí, una rosa invisible que dice “te quiero”. Si entregas confianza, no subestimas.
La confianza, como un regalo, es una oportunidad para ser aún más humano.
Desde luego, la confianza no cabe en la época que nos ha tocado vivir. No es la generalidad. Parece un tesoro perdido, excepcionalísimo, y quienes cultivan su semilla, son hombres que sufren. Quienes están del otro lado, viven entre risas y amistades condicionadas.
Son, también, los hombres llenos de confianza solitarios, pero, a la vez, alegres, de almas rosadas, menesterosos de amor. Quienes siempre ríen, dicen “vivir”, mas en su interior parece ser que no tienen paradero fijo. El mundo les atrae, pero cuando abrazan por segundos la confianza, a la cual temen, sienten que ese mundo que halagan es una intemperie, un valle de espinos.

Optar por la confianza no significa caer en la credulidad. Un alma excesivamente cándida, deviene en un papanatas. Sin embargo, un desconfiado termina por ver en los otros su mismo reflejo ególatra. Supone, lucubra, tergiversa; todo lo sabe y puede. Nadie más que él sabrá hacer mejor las cosas. Del mismo modo, fija el pensamiento de sus hermanos: hiere en su reflexión interior el alma pura que sólo pide una oportunidad.
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Personalmente, aún no concibo ni comprendo el vivir de un hombre desconfiado. Es como la maldad oficiosa. Menos comprensible, aún. A veces escucho decir “Tengo confianza en mi mismo”. En similares términos dicen esperar “sólo en ellos”.
Tiene la confianza relación directa con la esperanza. Por tanto, está yuxtapuesta al amor y la fe.
Quien no espera de los otros, menos lo hace de sí mismo.
La verdadera confianza en nuestra propia vida consiste en no humillarse ante tal o cual persona. Aquello es idolatría.
Humillarse es una degeneración de la humildad.

Confianza de veras consiste en depositar todas las fuerzas en Aquel. Una vez hecho este ejercicio espiritual, nace como una flor, por la noche, la confianza, fruto del diálogo en la oración.
No existe otro tipo de certidumbre.
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En mi personal experiencia, he avanzado desde el candor hacia la confianza de la cual les hablo. No hay límites cuando se habla de ella. “Sean perfectos como vuestro Padre del cielo lo es”, reza el Evangelio. Siempre es posible hacerse más humano todavía. Tal cual es la confianza: un afluente que no se detiene. Claro está, la perfección es un ideal: quien tenga los pies en la tierra sabrá que jamás podrá ser “Dios”. Empero, quien también asome su cabeza en el cielo, sabrá que la confianza parte desde allá, y es la perfección análoga al modo más donativo y amante, en relación a los talentos que Dios nos dio.
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Es posible vivir en la confianza. Sin ella, nuestro corazón se envilece.
Concatenadamente, nuestra razón se enferma, nos traiciona. Aunque la confianza me exponga al daño, hay un sentido, un mensaje trascendente. No vale aquí renunciar al amor por una traición. Más se debe amar. Un desconfiado que traicionando, recibe confianza, absorto contesta a la interpelación en lo más profundo de su conciencia. Su verdadera alma asoma. Después de sembrar la cizaña, recibe conmovido, la mano trascendental del cielo.
Entregar confianza es hacerse instrumento de nuestro Señor. Capitular, sólo habla de nuestra infelicidad en los ligeros años de vida terrena.
Luis Robert

Matilde
Te fuiste un jueves, querida abuela. No me reconociste los últimos días. Vi tus ojos cerrados, no presencié tu último pestañear. Parecías dormida. Eran verdes. Te escribo hoy, Santa Matilde, pocos días también de tu cumpleaños, para contarte sobre mi vida. Poco de los primeros siete años sin ti, mucho del último…
Me enseñaste a rezar. No dejé de hacerlo como lo hacías. Una conversación fluida con Dios Padre, a veces, a viva voz, sobre nuestras aflicciones, alegrías, caídas, gozos… Recuerdo que hasta por las autoridades pedías, amada abuela. También lo hago. Claro, sin tu presencia corporal. Pero sé que me acompañas. Difíciles años. El día que te fuiste, pintaba un cuadro de op art. No sé dónde está. Quizás se perdió. Era una habitación de cuadros negros y blancos, tal cual es un tablero de ajedrez. Con esa imagen, podría describirte mi vida. Mucho de negro, igual de blanco, que tal como mi obra de arte, da la sensación de profundidad, perspectiva constante, mas cuando sabes que es un pliego unidimensional, aterrizas, y te reconfortas nuevamente. Para qué hablar de tus plantas…allí están. Cómo olvidar los cardenales blancos, tus favoritos. Y la vez que te enojaste porque pinté de blanco unas piedras, en tierra, que eran tuyas. Un “nicho”, dijiste, había hecho para ti. Son estos años, abuela, un devenir cuyo fin es Cristo, tal como me lo enseñaste. Los cuadros negros están ahí, presentes, pero mi vista mira por los blancos. Los negros me ayudan a no pensar que todo es blanco…

Matilde, hoy me atrevo a llamarte por tu nombre, como a ti te gustaba, antes que “abuela”. Aquí estoy, vivo, más que vivo, presente. Después de ocho años, casi te confundo. Si creyese en la reencarnación, te habría preguntado de primeras, si eras o no tú, y como soy escéptico, al menos te prolongas en aquella mirada que vuelca mi vida…Matilde: te prolongarás por más, aún. Llevará tu nombre esa nueva de ojos verdes. Eso aprendí en el colegio. Tiene relación con los genes recesivos, si mal no recuerdo…no sé….Pero confío en Dios que así será…
Me despido de ti, al menos por escrito. Hoy, pero no lo olvides, hoy mismo, necesito que le digas a nuestro Señor, que no tengo con qué pagar lo que cada día me regala….Si estuvieras aquí, me entenderías. Es más que los cardenales blancos y las hortensias de la casa…Es un florecimiento interior de aquellas mismas flores, pero que no se marchitan. Soy feliz, Matilde, soy feliz…Te hago partícipe de estas confidencias. Ya no soy yo. Ni tampoco tengo los mismos sueños de tu anterior cumpleaños. Fusionado estoy. Junto a ti, forma el trío amado, Matilde…

P. Ignacio Larrañaga (Trascrita del audio por Luis Robert)

La gente confunde aceptar con acoger. No tiene nada que ver lo uno con lo otro.
Aceptar está en la línea del comprender. Comprender significa eso: comprender, abarcar, medir, por completo una persona. Con frecuencia reducimos las personas a puras caricaturas, identificamos, resumimos, definimos, una persona por un defecto, perdiendo la vista de conjunto, poco menos que suponiendo que esa persona es ese defecto.
Se trata en la aceptación y en la comprensión; se trata de analizar la persona en sí misma, y desde ella misma, lo más objetivamente posible, y, sobre todo, lo más completamente, rodeándola en una visión de conjunto.
Sucede muchas veces que miramos y ponderamos al hermano a través del prisma de prejuicios emocionales: antipatías, rivalidades, proyecciones subjetivas, historias pasadas, y así, nuestra visión del hermano queda enteramente deformada.

En el fondo de la incomprensión hay, pues, falta de objetividad. En lugar de mirar al hermano desde él mismo, estoy mirándolo desde mí mismo, olvidando que cada persona es una experiencia única e irrepetible. El otro casi siempre es un desconocido y por desconocido, incomprendido, y por incomprendido, no es aceptado. Y así se originan los conflictos con él.
El aceptar está, pues, en esta línea, y significa esto: yo admito, con paz, que el hermano sea tal como es, tan diferente a mí, constituido de tantos defectos que, por cierto, él no los escogió. Esta aceptación hace que el hermano con sus defectos, no me cause molestia ni repulsa.Hablemos del misterio del hermano, y añadamos, misterio doloroso.
Ello es el fundamento de la comprensión-aceptación. En un determinado caso, una violenta raya vertical de un electroencefalograma puede ser la explicación de por qué este tipo ante aquel estimulo tenga siempre aquella extraña reacción en tal campo de comportamiento.
Una zona cerebral no suficientemente irrigada por neuronas de signo alfa o beta, puede darme la explicación del raro comportamiento de este sujeto en tal y ante aquel otro estimulo. El funcionamiento irregular de la hipófisis o del hipotálamo, me puede dar, y me puede estar explicando el comportamiento anormal de este individuo, por ejemplo, en el campo de la sexualidad. Y así podríamos multiplicar los ejemplos.

Su naturaleza está constituida e inclinada para accionar y determinar en una determinada dirección. Le gustaría proceder de otra manera, pero no puede. Es libre, pero su libertad está maniatada y casi anulada por condicionamientos biopsíquicos en tal zona de su personalidad.
Las mil y unas reacciones de su complejísimo temperamento y de su extraño carácter que a mi tanto me irritan, él mismo no las puede soportar, y tiene que cargar con ellas aunque no las quiera. El hermano no escogió nada. Todo lo recibió sin culpa ni mérito, y es muy poco lo que puede cambiar. En resumen, sin desearlo él mismo, lo echaron a participar en esta carrera de la vida. Saldrá de ella no cuando él quiera, sino cuando lo saquen.
Peor aún: no sólo tiene que participar en una carrera no deseada, sino que tiene que hacerlo con un caballo que no es de su agrado que es él mismo. Y si el caballo es lerdo y lento, él no puede protestar porque sería como castigarse así mismo. Y si llega, él, último a la meta por la torpeza del caballo, sólo le resta sentir vergüenza de sí mismo, que es el peor castigo.

He ahí el misterio doloroso del hermano. Ante este misterio caben muchas preguntas. ¿Dónde está la supuesta perversidad del hermano? ¿Dónde su culpabilidad? ¿Por que condenarlo como si fuera un monstruo, cuando en realidad es víctima de un modo de ser, un modo de ser que él, por ciento, nunca lo escogió? ¿Por qué levantar el muro de la ira, si merece ser arropado con el manto de la comprensión?
He aquí la gran conclusión: aceptar al hermano tal como él es; esto, al menos, como primera medida. Si yo, deseándolo vivamente, no puedo agregar un centímetro a mi estatura, cuánto menos podré agregar un centímetro a la estatura del hermano, airándome contra él. Es algo evidente. Si yo debo aceptarme tal como soy, y no tal como me gustaría ser, es obvio que debo aceptar al otro, no tal como me gustaría que él fuera, sino tal como de hecho y en la realidad, es.
En esto de aceptar, lo difícil y necesario es aceptar al otro como distinto. En todo grupo humano hay una gran variedad de caracteres y mentalidades, y esta variedad se torna generalmente en fuente de desinteligencias: unos son tímidos, otros audaces, unos son reservados, otros expresivos. Los diferentes, tienden, en general, a excluirse; probablemente como mecanismo de autodefensa. El que es reservado acepte al que es expresivo, como expresivo y viceversa. El que es audaz acepte al pusilánime como tal y viceversa. El introvertido no se queje del extrovertido. Aceptar al otro como distinto.

Hay también variedad de carismas: unos son activos, otros contemplativos, unos valen para enseñar, otros para organizar. Hay también diferentes mentalidades. Una es la mentalidad conservadora, mentalidad progresista. A unos les parece que lo urgente es solucionar el hambre del estómago. A otros les parece que lo primario es solucionar el hambre del corazón.
Ante este mosaico multicolor, el amor fraterno tiene que conseguir que las diferencias no se tornen en divergencias cordiales, sino que al contrario, los hermanos se acepten mutuamente en intercambio complementario y enriquecedor de bienes y limitaciones.
Aceptar, es, pues, salirse de sí mismo, situarse dentro del otro, mirarlo y analizarlo dentro y desde él mismo. Aceptar significa también considerar al otro como un regalo de Dios, dado expresamente para mí. Significa, en fin, alegrarse de su existencia, reconocerla como positiva, y celebrarla gozosamente.

Firmeza de alma me pides amada
Segura, celada, allí en la plata detienes tu oleada
¿Y qué le digo a mi alma sin morrión ni corcel valeroso?
El alma, la tuya, te ofrece una espada
Larga, sin filo, redonda, sin punta
Espada curiosa de tiempo y ternura
Firmeza de alma me pides amada
Ternura la mía repulsa mirada
Mi alma te dice ni espacio ni culpa
Linaje en lo puro
Rayano en lo endeble
Espada materna embrionaria y sin agua

Firmeza de alma me pides amada
Merito insigne al corazón esperanzado
Cuerpo menudo, singular, menesteroso
Enfaldo candente mi alma sin alma te ofrece
Maravilla sin alma, maravilla celeste
Morrión sin plata, escudo de Dios, merece tu alma
Luis Robert.

Uno de los temas que no me deja indiferente es la pregunta sobre el hombre, qué sea, su devenir. No es mía en exclusivo: son muchas las personas de pensamiento, verdaderas, honestas, prescindiendo de confesionalidades, que se han formulado tal pregunta.
En el mundo actual, cuando se habla de estos asuntos, las personas reaccionan de modo diversos. Siendo el interés auténtico, sin doblez, partiendo del problema objetivado, no tardará el espíritu veraz en concretizarlo, y plantearse la radical pregunta en primera persona ¿Quién soy? ¿Hacia dónde voy? Pero no es tan simple. Fácil es enunciarla, pero pocos son los que responden desde el ser, sin temor, con transparencia, siendo capaces, a la vez, de objetivar nuevamente la pregunta desde su propia realidad, y ser luz para el mundo. Reflexionar desde la vida, subir a la trascendencia, bajar nuevamente para iluminar la vida. Son los santos un ejemplo, valentía de respuesta clara y pronta.

Me parece que tal radical pregunta no puede responderse sin antes dar rienda a la razón, ante todo, dejar de lado la cerrazón, abrazar la realidad, ponerse sobre ella. Y el modo más excelso, sublime de acercarse a la realidad es a través de la filosofía. Estando esta disciplina de ultimidades en un estado enfermizo, agónico, no parece entonces increíble que los hombres de nuestros tiempos adolezcan de esclerosis espiritual. No se trata aquí de intelectualizar la realidad. La filosofía es mucho más que un panegírico académico. Es filósofo quien siente y certeza tiene de su lugar en la creación; todo hombre en armonía con el mundo exterior, con disposición a problematizar lo que le parece ajeno a la verdad, puede convertirse en un filósofo aun nunca leyendo historia de la filosofía. Bien podría relacionarse este razonamiento con la frase de San Ambrosio, al decir que la fe fue confiada a pescadores y no a dialécticos. Es decir, cualesquiera persona, desde sus talentos, puede hacerse niño, volver pueril su espíritu y sumirse en la filosofía de su propia vida. Mas con esto no quiero decir que la filosofía sea una disciplina arbitraria, carente de rigor. Se trata de rigor. Y mucho. Concibo, sí, su vocación en un sentido amplísimo, cuyo fundamento más sólido estriba en su relación con la verdad. Y la verdad antes bien es cognoscible por cualquier espíritu que esté abierto a la trascendencia. 
Sin filosofía el hombre está a la intemperie. La reflexión desprovista de sentido último es pensamiento sin rumbo. Solamente se rodean las cosas; sin acceder a su interior. En el caso de las personas esta situación llega a un límite peligroso, vital.
Los hombres sin filosofía se hacen esclavos de las circunstancias, de la historia, de lo factible, de la sociedad, renunciando a la esencia del ser humano que es imagen y semejanza de Dios. Es aquí donde la filosofía, humana e imperfecta, catapulta al propio hombre a conocer su propia vocación con la pregunta radical sobre su existencia: Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?; ¿qué son los hijos de Adán para que pienses en ellos? El hombre es igual que un soplo; sus días, una sombra que pasa. (cf. Salmo 143, 1-
Se abolió la filosofía, pero muchas son las filosofías que han resucitado. Curioso. El vacío reclama vitalidad. ¿Qué se debe hacer en el mundo de las filosofías reflotadas para volver al origen, al ser, a la esencia del ser humano?

En su libro de poesías, Tríptico Romano, Juan Pablo II se maravilla ante la creación. Adopta la actitud del filósofo que problematiza no en el sentido del hombre escéptico, hacia fuera; sino desde su interior, hasta llegar a la objetividad. Admira la creación, se sorprende por su grandeza. Adora y venera. Se hace un niño, tal como el mismo Jesús lo anunció. Una docta ignorancia revuelve su corazón. Sabe que existe, sabe de la inmensidad de la creación. El misterio es su dialéctica, quizás también el objetivo del escéptico, sin saberlo, desolado, ante la mentira del mundo. Espera en silencio el llamado del único verdadero y real.
En su primera y segunda parte, el Papa en la imagen del agua que corre hacia el valle nos dice “Permíteme mojarme los labios con agua de la fuente, percibir su frescura, su frescura vivificante” “Si quieres encontrar la fuente, debes seguir el curso, contra la corriente” (…) “Su búsqueda de la fuente, sin embargo, lo obliga a ascender, a caminar contra la corriente” Son estas palabras las que buscan el origen, la fuente de todas las cosas. No obstante, nos dice que la fuente, el camino de su búsqueda, no es nada sencillo.

Ir contracorriente. Es lo que sucede con la filosofía. Su primigenia vocación que está en la fuente, Dios mismo, se la ha llevado la corriente. Tortura es para quien deja a merced del viento su propia vida, la respuesta a su existencia, la respuesta de la humanidad en las manos vacías del caos. Quien toma agua de la fuente, llega al Principio, y resuelve el problema del ser “Todo perdura deviniendo perpetuamente” Todo cambia, deviene, “El hombre es igual que un soplo; sus días, una sombra que pasa”, pero el ser permanece, perdura.
El final también lo sabe, certeza tiene de él, porque bebe del agua de la fuente. En la presentación de este Tríptico Romano, “Mirada al origen”, el cardenal Ratzinger decía: “El camino que conduce a la fuente es un camino para volverse vidente: para aprender de Dios a ver. Entonces, el principio y el final aparecen. Entonces, el ser humano se vuelve justo.”

En la segunda parte de su libro de poesías, el Papa Juan Pablo II ha querido mostrar en la Capilla Sixtina, con la representación de la creación y el juicio final, este trazado camino del hombre para hacerse realmente hombre. Solamente puede llegar al final si admira y contempla el principio, el Verbo, la creación. Nada más exacto que la obra de Miguel Ángel. Se hace vidente al mojar sus ojos con la fuente que nos filia a Dios por la eternidad, nos hace llanos en la vida eterna.
El hombre que responde su pregunta concreta con la esencia de Dios está redimido. Alcanza la humanidad plena, se hace santo.Muchos hombres repulsan de la filosofía. Condena irascible para quien invade su estático ser. Los mueve un impulso por amar. Un misterio ven en todas las cosas, aun así, su razón está en suspenso, piensan como viven. Legitiman y se complacen en su propia conciencia; la denostación del otro es el arma para proteger de su fantasmagoría de sus ilusiones.

Si la filosofía no representa mayor cosa, la reflexión tanto menos. Escapan de la realidad en esas sus formas. Un impulso bueno por amar, pero sin contenido, es el sustrato de todas sus acciones y omisiones. Su filosofía es un interrogatorio a sí mismo, antes que diálogo. Si el hombre odia la filosofía, instaura otra. Vive feliz en la burbuja de sus antifilosofías sin pensar que el propio contradictor puede ser un instrumento de Dios Padre para tomar nuevamente el camino, hacerse vidente y volver a la fuente: ser hombre.
Luis Robert

¡Aire de varón en tus pómulos!
¡Un perfume sin perfume es tu aroma de piel!
¡Sudor conjunto, goteo entre dos!
¡Sin ti ya no vivo!
¡Si supieras cuál es mi límite!
¡No te puedo decir!
¿Y por qué no?
Un silencio para la vida…
Fluir paciente de su congoja

¡No cambies!
¡Sí cambia!
¿Pero si no hablamos de la vida de la misma vida?
Su mano le entrega a la vida
Su vida es el tesoro de la vida

Su tierna calidez soporífera, dice que tienes vida
El tiempo de la vida es un reloj sin estancia
Su espacio ni oro, ni perlas, ni finas monedas
Extraño tu vida…

La vida quiere ser violeta
Su tesoro la vida radiante
Y si la vida es un tesoro
¿Por qué no atesorar la vida?

En mi alma lo está y con sellos
Allí la vida ríe y espera
La vida es ahora el tesoro
Tesoro bendito de la eternidad
¿Quieres un café?
Luis Robert.


II
Los primeros cristianos: –¿Cómo se salva a un hombre? –Amándolo, sufriendo con él, haciéndose uno con él, en el dolor, en su propio sufrimiento. No con discursos, que no cuesta nada pronunciarlos; con sermones que no cambian nuestras vidas; ¡sino con la evidente demostración del amor! La Iglesia necesita, no demostradores, sino testigos.
Por eso es que creo que en los tiempos difíciles que nos aguardan, Dios en su inmensa misericordia va a suscitar espíritus nuevos. Yo no me extrañaría de ver una nueva Congregación religiosa vestida de overall, con voto de trabajar en las fábricas y de vivir en los conventillos para salvar al mundo; como hemos visto a las hermanitas de la Asunción y a las de la Santa Cruz darse enteras para la redención de los adoloridos. Y acabamos de leer una obra maravillosa de un sacerdote obrero, quien para salvar a sus hermanos expatriados se deporta, obrero como ellos…
Y entre todos los hombres, hay algunos a quienes Cristo nos recomienda en forma especial: a sus pobres. ¿Quién es mi prójimo?, le pregunta un doctor de la ley a Jesús, y Él le contesta: Por el camino de Jericó bajaba un pobre hombre… medio muerto… Haz tú lo mismo (cf. Lc 15,29-37). Y hacer o no hacer estas obras de caridad con el prójimo es tan grave a los ojos de Dios que va a constituir la materia del juicio: Tuve hambre… tuve sed… estuve preso… No «me» disteis… no «me»… (cf. Mt 25,31-46). El prójimo, el pobre en especial, es Cristo en persona. Lo que hiciereis al menor de mis pequeñuelos a «mí» lo hacéis. El pobre suplementero, el lustrabotas, la mujercita tuberculosa, es Cristo. El borracho… ¡no nos escandalicemos, es Cristo! ¡Insultarlo, burlarse de él, despreciarlo!, ¡es despreciar a Cristo! ¡¡Lo que hiciéreis al menor, a mí lo hacéis!! Esta es la razón del nombre «Hogar de Cristo». 
Mucho se habla en estos días de orden social cristiano y con mucha razón. Orden que supone una legislación basada en el bien común, en la justicia social, pero orden que sólo será posible si los cristianos nos llenamos del deseo de amor, que se traducirá en dar. Menos palabras y más obras. El mundo moderno es antiintelectualista: cree en lo que ve, en los hechos.
Cuando los pobres ven, palpan su dolor y nos miran a nosotros cristianos, ¿qué tienen derecho a pedirnos? ¿A nosotros que creemos que Cristo vive en cada pobre? ¿Podrán aceptar nuestra fe si nos ven guardar todas las comodidades, y odiar al comunismo por lo que pretende quitarnos, más que por lo que tiene de ateo? ¿Cuál debe ser nuestra actitud?: ¡Sentido social!, servir, dar, amar. Llenar mi vida, de los otros.

“Mis ojos llevan el tiempo
De la vida que nació
Rojos en ocasiones
Blancos al crepúsculo
Húmedos en la lucha




