En los últimos evangelios dominicales se ha insistido en la necesidad de la fe para que Jesús obre milagros. Jesús siempre necesita nuestro sí para poder entrar en nuestros corazones y transformarlos. Tan delicado, tanta ternura tiene que podría decirse que nos ‘pide permiso’ para trabajar. Está siempre ahí, en nuestro alrededor, esperando que abramos la puerta y cenemos con Él, pero si nuestro corazón es duro como una roca, vamos a ser impermeables a su acción. Tanto así que el mismo Evangelio dice ‘No pudo hacer allí ningún milagro’ (Mc 6, 1-6), cuando entre la gente no había fe.
Jesús siendo Dios no nos necesita. Nosotros sí. El no tendría por qué buscarnos, pero lo hace solo por amor, demostrándolo en cada situación de la vida cotidiana, aunque no nos demos cuenta. De esto se deduce que nuestra vida es un regalo: ama al hombre, ama cada persona, la conoce complemetamente, no quiere a ninguno de sus hijos en la tempestad. La imagen del Buen Pastor nos ilustra excelentemente esta situación.
Necesitamos de Dios…Necesitamos de la fe para entrar en el centro del corazón de Dios.
Muchas veces no tenemos fe porque pensamos que Dios es como nosotros, uno más. Tendemos a reflejar nuestras imperfecciones en Dios, y creemos que es una ‘persona’, alguien que se equivoca, alguien que no perdona, alguien que vive de rencores y murmullos.
Se nos olvida que Dios es verdadero hombre, ha descendido a ser uno de nosotros, pero no por eso deja de ser Dios.
Esto significa que Dios está por encima de todo lo que podamos imaginar. Es omnipotente, nada para Él es imposible. Pero este poder de Dios no es para provecho de los ‘favores’ que le pidamos, sino para nuestro bien.
Esas personas que Jesús obró milagros se abrieron a la fe porque reconocieron esta omnipotencia. De haber tenido una imagen mundana y llena de prejuicios de Jesús nada habría sido posible, no por culpa de Jesús, sino porque sus corazones no eran videntes de ese poder que el mismo Jesús reconocía tener.
Hoy nos pasa a menudo con la Eucaristía que es presencia real de Jesús antes que un mero símbolo. Pero sin los ojos de la fe nos será imposible comprender lo que Dios solo confía a quienes creen que solo Él tiene palabras de vida eterna.
Luis Robert
Hermana Glenda – Ven Señor Jesús



















