
Si! Al contrario de lo que usted piensa, la respuesta es “si”! Usted me puede decir “Ya estoy cansado, la memoria me falla, he cometido grandes pecados, no me pida más!” Pero veamos esto desde otra perspectiva: han pasado los años de adrenalina y aventuras; han cedido las pasiones carnales y las locuras de conquistas sin sentido; han pasado aquellos años en que nada le importaba, de egoísmo, placer, incluso, más de alguno, lujuria; ahora está tranquilo, sin el sobresalto de los errores.
A medida que pasan los años, nos vamos volviendo un poquito más reflexivos (casi todos), meditamos más, nos damos cuenta de muchas situaciones erradas que durante nuestra juventud pasaron inadvertidas…en resumen, nuestra alma a cierta altura de la vida sólo pide paz ¡y qué mejor momento para la santidad! Ya ha vivido todo, lo bueno, lo malo, aquello más o menos.
Ser santo es humildad y amor ¡tan simple! Humildad para reconocer nuestras fallas y que somos pecadores y amor al Padre para arrepentirnos de ellas y amar al Padre, caminar en Su dirección. Y nuestro amado Dios, que es misericordia infinita y nos aguarda, predilección tiene en este estado de la vida, sabe que es más factible intentar la santidad en la tercera edad que de joven, donde el esfuerzo, las tentaciones, los desvíos, son la lucha constante contra las que hay que lidiar, cuando se tiene conciencia plena de lo que es la santidad y a què estamos llamados.
Al llegar el momento de la ancianidad, sabiendo que nuestra alma siempre es joven y por tanto renovada día a día, podemos pensar positivamente, con el vaso medio lleno, que estamos más cerca de alcanzar la meta que en nuestros años juveniles y que no es tan difícil hacer un acto de sencillez, reflexión y arrepentimiento ¿verdad? Animo: a los que están viviendo los hermosos años dorados, se puede trascender,. Nunca es tarde ni en el día mismo de mi partida si antes he convertido mi corazón a Dios y en el Padre, por la Stma Trinidad.
Finalmente, les dejo una preciosa reflexión del P. Fernando Pascual y de Pedro Garcìa, misionero claretiano.
Andrea Emma
“¿Vivimos nuestra fe católica?
Fuente: Catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual LC
La fe no es una simple teoría. Es un compromiso que llega al corazón y a las acciones, a los principios y a las decisiones, al pensamiento y a la vida.
Vivimos nuestra fe cuando dejamos a Dios el primer lugar en nuestras almas. Cuando el domingo es un día para la misa, para la oración, para el servicio, para la esperanza y el amor. Cuando entre semana buscamos momentos para rezar, para leer el Evangelio, para dejar que Dios ilumine nuestras ideas y decisiones.
Vivimos nuestra fe cuando no permitimos que el dinero sea el centro de gravedad del propio corazón. Cuando lo usamos como medio para las necesidades de la familia y de quienes sufren por la pobreza, el hambre, la injusticia. Cuando sabemos ayudar a la parroquia y a tantas iniciativas que sirven para enseñar la doctrina católica.
Vivimos nuestra fe cuando controlamos los apetitos de la carne, cuando no comemos más de lo necesario, cuando no nos preocupamos del vestido, cuando huimos de cualquier vanidad, cuando cultivamos la verdadera modestia, cuando huimos de todo exceso: “nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias” (Rm 13,13).
Vivimos nuestra fe cuando el prójimo ocupa el primer lugar en nuestros proyectos. Cuando visitamos a los ancianos y a los enfermos. Cuando nos preocupamos de los presos y de sus familias. Cuando atendemos a las víctimas de las mil injusticias que afligen nuestro mundo.
Vivimos nuestra fe cuando tenemos más tiempo para buenas lecturas que para pasatiempos vanos. Cuando leemos antes la Biblia que una novela de última hora. Cuando conocer cómo va el fútbol es mucho menos importante que saber qué enseñan el Papa y los obispos.
Vivimos nuestra fe cuando no despreciamos a ningún hermano débil, pecador, caído. Cuando tendemos la mano al que más lo necesita. Cuando defendemos la fama de quien es calumniado o difamado injustamente. Cuando cerramos la boca antes de decir una palabra vana o una crítica que parece ingeniosa pero puede hacer mucho daño. Cuando promovemos esa alabanza sana y contagiosa que nace de los corazones buenos.
Vivimos nuestra fe cuando los pensamientos más sencillos, los pensamientos más íntimos, los pensamientos más normales, están siempre iluminados por la luz del Espíritu Santo. Porque nos hemos dejado empapar de Evangelio, porque habitamos en el mundo de la gracia, porque queremos vivir a fondo cada enseñanza del Maestro.
Vivimos nuestra fe cuando sabemos levantarnos del pecado. Cuando pedimos perdón a Dios y a la Iglesia en el Sacramento de la confesión. Cuando pedimos perdón y perdonamos al hermano, aunque tengamos que hacerlo setenta veces siete.
Vivimos nuestra fe cuando estamos en comunión alegre y profunda con la Virgen María y con los santos. Cuando nos preocupa lo que ocurre en cada corazón cristiano. Cuando sabemos imitar mil ejemplos magníficos de hermanos que toman su fe en serio y brillan como luces en la marcha misteriosa de la historia humana.
Vivimos nuestra fe cuando nos dejamos, simplemente, alegremente, plenamente, amar por un Dios que nos ha hablado por el Hijo y desea que le llamemos con un nombre magnífico, sublime, familiar, íntimo: nuestro Padre de los cielos.”
“Pase lo que pase, “quien tiene fe está plenamente convencido de lo que espera”, sin dudar jamás, porque Dios lo ha dicho y con esto es bastante, aunque no se vea nada (Hb 11,1)
Fe en el Dios que nos ama.
Fe en Dios que nos perdona.
Fe en el Dios que nos salva.
Quien tiene fe, alimenta una confianza inquebrantable en que Dios no le va fallar en ninguna de sus promesas: “Porque es fiel el que los ha llamado y es él quien lo hará” (1Ts 5,24), asegura Pablo, porque sabe que Dios cumplirá su palabra.”
¡Fe! Vivir de la fe. El tema de toda la carta
Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García, Misionero Claretiano



















