
Las personas que viven como piensan, o se esfuerzan en la coherencia de su decir y hacer, son casi siempre objeto de insultos y acusaciones por los que viven sin llevar su pensamiento a la concreción. Esta desfiguración de los hechos con el pensamiento, es análoga a la armonía entre oración y acción, donde se reza para llegar a la fuente del amor, no para guardarse ese amor para sí mismo, sino para entregarlo, donarlo a los demás. Un fácil entendimiento de la palabra “prójimo”, lleva a que no significa “lejano”, más bien “próximo”, es decir, quien tengo a mi lado inmediatamente; lo que Dios ha elegido para que de cumplimiento con mi misión, en el diario vivir, aunque insignificante sea.
La consecuencia busca enlazar y describir esta armonía entre los pensamientos y acciones. No es necesario congratularse en grandes obras para dar fluidez a la consecuencia. De nada vale hacerse el consecuente en cientos de miles de lugares, si en mi diario vivir, en mi intimidad, no soy capaz de descender el Evangelio a las cosas sencillas. El edificio debe construirse desde abajo, así, la construcción superior se hace más firme, y no se derrumba. Claro es que los seres humanos se equivocan y en su esencia, traen ciertos defectos que están llamados a extirpar, en el sentido de hacerse virtuoso en el combate de estas cruces que Dios nos ha dado. Mas distinto es no reconocerlo, dar por oleada y sacramentada mi situación; sin esfuerzo alguno, pedir y pedir, cuando lo que Dios espera de uno es la actitud contraria, que no es otra cosa que fijarse en cuáles son los obstáculos propios que impiden la realización plena del amor que debo al Padre, tanto como a mi prójimo.

La consecuencia es de último grado. No hay consecuencia entre puntos medios, ni para con ciertos valores que recortan la realización del hombre. Si se es consecuente con el Padre, también se es con la verdad, con la fe, con la esperanza, con el amor. De ahí la importancia de exámenes de conciencia recurrentes, pues el ser humano olvidadizo de su conciencia, ya se envanece cuando la deja de lado, y comienza a culpar a sus semejantes de sus propias caídas y frustraciones. La humildad es cuestionamiento en el cedazo de la verdad: oración constante, no tan solo en las noches mientras me voy a dormir; también en los quehaceres, en recreos distantes, inclusive, en momentos de aparente ocio, caminando, divagando, etcétera, es necesario pensar qué estoy haciendo de mi vida, si la que llevo está en consecuencia con lo que Dios pide de mí; aun sea difícil, lo que se exige es máxima coherencia entre lo que anhelo y lo que ya hago todos los días. No importa equivocarse, y levantarse mil veces si en mi corazón, la disposición ha sido siempre y en todo momento, dar lo máximo en mi poder. En tal caso, estas caídas fortalecerán mi coherencia última.
Es de difícil comprensión en el mundo actual esta consecuencia evangélica. Ya los que no la comprenden, desde su visión antropocentrista de los hechos, se figuran cientos de sentidos y significados del actuar de la persona que ha dado el “sí” a la libertad real. No se entiende. Desde locura, hasta fundamentalismo, sin antes repasar la propia vida, las personas se llenan de juicios hacia los demás, olvidando su propia fragilidad, sus propios defectos. La esencia misma del cristiano, su propia religiosidad, queda en entredicho con la inconsecuencia de mi vida.

En nosotros, cristianos y católicos, recae una responsabilidad muy mayor a la de cualquier otra persona. Y no es porque profesemos esta fe determinada, sino porque desde nosotros, se da cuenta del testimonio de la evangelización. Es insignificante evangelizar si no doy con el ejemplo antes; y muy posible es que quien recibe mis palabras de evangelización, sea una persona más coherente que yo mismo, y, equivocadamente, estoy dando por certeza que debe aprender de mí, cuando es a la inversa.
Asombro y perplejidad. Seguro estoy que un alma llena de amor, no tardará en romperse por algún lado, y desparramar aquella entrega, pues el fuego se expande y enciende corazones en caricias y saludos, diálogos y discusiones, peticiones como recibimientos. Si deseo que los demás sean consecuentes, antes yo debo serlo. El amor saca amor, frase de Santa Teresita de Ávila. La consecuencia, saca consecuencia. Mi evangelización, es evangelización para con los demás.
La inconsecuencia es escuela de odio. Inconsecuencia y egoísmo, van de la mano. Al estar no preocupados por amar, ya sobrevienen en mí los deseos de juicio, inmisericordia y desamor. Se estanca el ser mismo que no aterriza en la coherencia de su propia vida, única vía para armonizar la de mis semejantes: mi ejemplo.



