Por muchos años pensé que las personas no eran malas, al igual como no existían los seres indignos, sino que las conductas eran malvadas o indignas, llevados por diferentes momentos o circunstancias. Hombres vacíos de Dios.

Justifiqué, luego, los actos de maldad, señalando que se trataba de personas enfermas, donde el demonio hacía de ellos presas fáciles para su objetivo.

Pero hoy en día, luego de haber vivido muchas experiencias, mi impresión, mas no certeza, es que sÍ existen personas malas, que disfrazan dicha maldad en mantos de querer o amar, mas lo único que hacen es odiar y causar daños en las personas de buena voluntad.

Son tan habilosos (mas no inteligentes, Dios no los dotó de inteligencia para obrar en el mal) que pueden convencer a muchos hombres de buen corazón, que su actuar es por amor, por cariño, pero esconden en ellos la intención del mal, de acabar con quienes no son como ellos. En suma, su rival es el mismo Padre.

Hasta ahí el tema es más o menos asumible. Pero cuando veo a personas que van a misa todos los domingos y no sólo pecan, deliberadamente, sino que viven en el mal, que al principio estimé inconsciente y luego, al abrir los ojos y dar cuenta de la verdad, veo que lo han hecho en estado de plena conciencia, casi estratégicamente , planificando su modus operandi, es poco lo que me queda por decir.

Sólo un profundo dolor llena mi alma, un sufrimiento poco conocido me invade y me desanimo y decaigo. Luego ¿cómo explicar a quien no cree en la Iglesia, a quien no cree en Dios, que estos seres obran gracias al demonio así, manipulando el cuerpo místico de Cristo, saciando instintos animales y comulgando en misa?

Sé que el día del juicio todos rendiremos cuenta individual, pero no olvido que el fin de nuestros días será aquel en que se conviertan todos los gentiles, nuestro Santo padre lo ha dicho.

Andrea Emma Balbontín Nesvara