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Nuestro amor al prójimo se expresa en la confianza. Desde siempre, en las relaciones interpersonales, es la confianza, para mí, una rosa invisible que dice “te quiero”. Si entregas confianza, no subestimas.

La confianza, como un regalo, es una oportunidad para ser aún más humano.

Desde luego, la confianza no cabe en la época que nos ha tocado vivir. No es la generalidad. Parece un tesoro perdido, excepcionalísimo, y quienes cultivan su semilla, son hombres que sufren. Quienes están del otro lado, viven entre risas y amistades condicionadas.

Son, también, los hombres llenos de confianza solitarios, pero, a la vez, alegres, de almas rosadas, menesterosos de amor. Quienes siempre ríen, dicen “vivir”, mas en su interior parece ser que no tienen paradero fijo. El mundo les atrae, pero cuando abrazan por segundos la confianza, a la cual temen, sienten que ese mundo que halagan es una intemperie, un valle de espinos.

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Optar por la confianza no significa caer en la credulidad. Un alma excesivamente cándida, deviene en un papanatas. Sin embargo, un desconfiado termina por ver en los otros su mismo reflejo ególatra. Supone, lucubra, tergiversa; todo lo sabe y puede. Nadie más que él sabrá hacer mejor las cosas. Del mismo modo, fija el pensamiento de sus hermanos: hiere en su reflexión interior el alma pura que sólo pide una oportunidad.

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Personalmente, aún no concibo ni comprendo el vivir de un hombre desconfiado. Es como la maldad oficiosa. Menos comprensible, aún. A veces escucho decir “Tengo confianza en mi mismo”. En similares términos dicen esperar “sólo en ellos”.

Tiene la confianza relación directa con la esperanza. Por tanto, está yuxtapuesta al amor y la fe.

dulceamistad.jpgQuien no espera de los otros, menos lo hace de sí mismo.

La verdadera confianza en nuestra propia vida consiste en no humillarse ante tal o cual persona. Aquello es idolatría.

Humillarse es una degeneración de la humildad.

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Confianza de veras consiste en depositar todas las fuerzas en Aquel. Una vez hecho este ejercicio espiritual, nace como una flor, por la noche, la confianza, fruto del diálogo en la oración.

No existe otro tipo de certidumbre.

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En mi personal experiencia, he avanzado desde el candor hacia la confianza de la cual les hablo. No hay límites cuando se habla de ella. “Sean perfectos como vuestro Padre del cielo lo es”, reza el Evangelio. Siempre es posible hacerse más humano todavía. Tal cual es la confianza: un afluente que no se detiene. Claro está, la perfección es un ideal: quien tenga los pies en la tierra sabrá que jamás podrá ser “Dios”. Empero, quien también asome su cabeza en el cielo, sabrá que la confianza parte desde allá, y es la perfección análoga al modo más donativo y amante, en relación a los talentos que Dios nos dio.

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Es posible vivir en la confianza. Sin ella, nuestro corazón se envilece.

Concatenadamente, nuestra razón se enferma, nos traiciona. Aunque la confianza me exponga al daño, hay un sentido, un mensaje trascendente. No vale aquí renunciar al amor por una traición. Más se debe amar. Un desconfiado que traicionando, recibe confianza, absorto contesta a la interpelación en lo más profundo de su conciencia. Su verdadera alma asoma. Después de sembrar la cizaña, recibe conmovido, la mano trascendental del cielo.

Entregar confianza es hacerse instrumento de nuestro Señor. Capitular, sólo habla de nuestra infelicidad en los ligeros años de vida terrena.

Luis Robert

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