Matilde
Te fuiste un jueves, querida abuela. No me reconociste los últimos días. Vi tus ojos cerrados, no presencié tu último pestañear. Parecías dormida. Eran verdes. Te escribo hoy, Santa Matilde, pocos días también de tu cumpleaños, para contarte sobre mi vida. Poco de los primeros siete años sin ti, mucho del último…
Me enseñaste a rezar. No dejé de hacerlo como lo hacías. Una conversación fluida con Dios Padre, a veces, a viva voz, sobre nuestras aflicciones, alegrías, caídas, gozos… Recuerdo que hasta por las autoridades pedías, amada abuela. También lo hago. Claro, sin tu presencia corporal. Pero sé que me acompañas. Difíciles años. El día que te fuiste, pintaba un cuadro de op art. No sé dónde está. Quizás se perdió. Era una habitación de cuadros negros y blancos, tal cual es un tablero de ajedrez. Con esa imagen, podría describirte mi vida. Mucho de negro, igual de blanco, que tal como mi obra de arte, da la sensación de profundidad, perspectiva constante, mas cuando sabes que es un pliego unidimensional, aterrizas, y te reconfortas nuevamente. Para qué hablar de tus plantas…allí están. Cómo olvidar los cardenales blancos, tus favoritos. Y la vez que te enojaste porque pinté de blanco unas piedras, en tierra, que eran tuyas. Un “nicho”, dijiste, había hecho para ti. Son estos años, abuela, un devenir cuyo fin es Cristo, tal como me lo enseñaste. Los cuadros negros están ahí, presentes, pero mi vista mira por los blancos. Los negros me ayudan a no pensar que todo es blanco…

Matilde, hoy me atrevo a llamarte por tu nombre, como a ti te gustaba, antes que “abuela”. Aquí estoy, vivo, más que vivo, presente. Después de ocho años, casi te confundo. Si creyese en la reencarnación, te habría preguntado de primeras, si eras o no tú, y como soy escéptico, al menos te prolongas en aquella mirada que vuelca mi vida…Matilde: te prolongarás por más, aún. Llevará tu nombre esa nueva de ojos verdes. Eso aprendí en el colegio. Tiene relación con los genes recesivos, si mal no recuerdo…no sé….Pero confío en Dios que así será…
Me despido de ti, al menos por escrito. Hoy, pero no lo olvides, hoy mismo, necesito que le digas a nuestro Señor, que no tengo con qué pagar lo que cada día me regala….Si estuvieras aquí, me entenderías. Es más que los cardenales blancos y las hortensias de la casa…Es un florecimiento interior de aquellas mismas flores, pero que no se marchitan. Soy feliz, Matilde, soy feliz…Te hago partícipe de estas confidencias. Ya no soy yo. Ni tampoco tengo los mismos sueños de tu anterior cumpleaños. Fusionado estoy. Junto a ti, forma el trío amado, Matilde…



















