JUAN XXIII

22 DE DICIEMBRE DE 1960

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Honrar la verdad. Es invitación a ser un ejemplo luminoso en todos los sectores de la vida, individual, familiar, profesional y social. La verdad nos hace libres ; ennoblece a quien la profesa abiertamente y sin respetos humanos. ¿Por qué, pues, tener miedo de honrarla y de hacerla respetar? ¿Por qué rebajarse a “arreglos” con la propia conciencia, aceptando compromisos contrarios a la vida y a la práctica cristianas, cuando, por lo contrario, sólo aquel que tiene la verdad debería estar convencido de tener consigo la luz que disipa toda oscuridad y la fuerza atractiva que puede transformar al mundo?

No sólo es culpable quien desfigura deliberadamente la verdad; lo es también aquel que, por temor de no aparecer completo y moderno, la traiciona con su ambiguo comportamiento.

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Honrar, pues, la verdad con la firmeza, el valor y la conciencia de quien posee fuertes convicciones. Decir luego la verdad. ¿No es la amonestación maternal, la que pone en guardia a su hijo contra las mentiras, la primera escuela de la verdad que crea hábito, costumbre adquirida desde los primeros años, que se convierte en una segunda naturaleza y prepara al hombre de honor, al cristiano perfecto, de palabra pronta y franca y, si es necesario, con valor de mártir y de confesor de la fe? Ved el testimonio que el Dios de la verdad exige a cada uno de sus hijos.

Por último, practicar la verdad.

Ella es la luz en la que debe sumergirse la persona toda, y la que da el valor a cada una de las acciones de la vida.

Ella es la caridad que arrastra hacia el apostolado de la verdad para propagar su conocimiento, para defender sus derechos, para formar las almas -especialmente las tan sinceras y generosas de la juventud-, hasta dejarse impregnar de ella aun en las fibras más íntimas del alma.

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Pensar, honrar, decir y practicar la verdad.

Al proclamar estas exigencias básicas de la vida humana y cristiana, del corazón aflora una pregunta a los labios. ¿Dónde está en la tierra el respeto a la verdad? ¿No estamos, a veces, e incluso muy frecuentemente, ante un antidecálogo desvergonzado e insolente que ha abolido el no, ese “no” que precede a la formulación neta y precisa de los cinco mandamientos de Dios que vienen después del Honra a tu padre y a tu madre?

La vida a que asistimos, ¿no es prácticamente un intencionado ejercicio de contradicción al quinto, sexto, séptimo y octavo mandamientos -”No matarás, no serás impuro, no robarás, no levantarás falso testimonio”-, todo ello como por una diabólica conjuración contra la verdad?

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Y, sin embargo, permanece siempre claro y firme el mandamiento de la ley divina, escuchado por Moisés en la montaña: No levantarás falso testimonio contra tu prójimo . Este mandamiento -como los demás- mantiene su vigor, con todas sus consecuencias positivas y negativas: el deber de la veracidad, de la sinceridad, de la claridad, que es tanto como la adecuación del espíritu humano con la realidad, adaequatio rei et intellectus ; y, enfrente, la triste posibilidad y el más triste hecho de la mentira, de la hipocresía, de la calumnia, con que se llega hasta oscurecer la verdad.

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Estamos viviendo entre dos concepciones de la convivencia humana: de un lado, la realidad del mundo, rebuscada, estudiada y cumplida como es en el designio de Dios; por otro -no tememos repetirlo-, la falsificación de esa misma realidad, facilitada por la técnica y el artificio humano, moderno y modernísimo.Ante el cuádruple ideal de pensar, honrar, decir y cumplir la verdad, y ante el espectáculo cotidiano de la traición clara o encubierta de este ideal, el corazón no logra dominar su angustia: y Nuestra voz tiembla.

Frente a todo y a todos, veritas Domini manet in aeternum, eternamente permanece la verdad del Señor y quiere resplandecer cada vez más ante los ojos y ser escuchada por los corazones.

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