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El mundo en cual hemos nacido, no parece decoroso y menos aún socialmente aceptable que fulano discurra acerca de la verdad. La misma, la que usted niega con infinita ceguera; la que usted sin negarla la rechaza con sus actos; la que es solicitada por su hermano, cuando está acongojado o sólo por el deseo inexorable de escuchar la afable voz del prójimo.

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Es tema controversial no sólo para nosotros, sino también para el mismo Jesús que murió noblemente por ella, por dictamen democrático después del silencio incisivo y humilde ante la vacilante pregunta de Pilato ¿Qué es la verdad? Hasta el mismo Kelsen dedicó parte de su tiempo al estudio de ella, siendo su trabajo reconocido por nuestros contemporáneos profesores como excelsa obra, sublime y perfecta; baño humano (?) para el posterior desarrollo de la democracia liberalista.

Es así como quienes niegan la unicidad de la verdad, por otra parte, no se agotan en buscarla, con otros métodos, actos de fe inversos porque quién niega una verdad al mismo tiempo instaura otra. ¿Cómo es posible, entonces, vivir en silencio, sin chistar, frente a la verdad que no pareciere ajena a los espíritus de los hombres, al contrario, fundamento de toda actividad intelectiva humana?

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San Agustín, vislumbra con prontitud la respuesta “in interiore homine habitat veritas” (En el interior del hombre habita la verdad). El hombre, miserable e infeliz, no puede sustraerse ante su grandeza; la ley del amor, antinomia al odio, es consustancial al espíritu y la verdad es amor del más puro, fruto de la reflexión interior, la vida social, el contacto con el necesitado, la vida familiar, el matrimonio, la religión, las virtudes, también olvidadas como la justicia, tan mentada y vilipendiada.

Si el hombre vive y se atormenta constantemente por el devenir de su vida, su sentido y su condición no es más porque tiene deseos de verdad. Allá nosotros, frágiles almas buscando eternamente perecederos sucedáneos, cimentados en el prejuicio y el desapego vital a la recta razón. La evidencia está a la puerta: grandes sistemas positivistas, perfectamente enteros, lucubrados por genios, se destronaron en la práctica y su pretensión de “ciencia”, —a la manera de las ciencias particulares, como si el hombre fuere “cosa” y no “persona”, como un “quark” en física—, sólo quedó en el papel. El nazismo, el fascismo y el comunismo fueron fruto del alejamiento y menosprecio a la común realidad humana, al amor entre los hombres, a los valores eternos, ahora relativizados a ultranza, con los cuales ni siquiera respiraríamos.

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Como si fuese poco, el hombre no aprende del pasado y sólo piensa en otra perversa idea economicista “el progreso”, buscando el consenso social, una ética basada en la democracia, esa misma que condenó a Jesús, en palabras de Gabriel Marcel “La ley de la mayoría es una regla groseramente pragmática” (El misterio del ser). En ningún caso el afamado consenso es perjudicial, al contrario, su ejercicio es exhortación para poner en práctica los valores humanos y no para transmutarlos y disfrazarlos, falsaria humanidad. Así muchas veces, sociedades a primera vista muy justas, modelos a imitar, viven la más profunda crisis moral, individualista y destructora.

En este sentido, Benedicto XVI nos dice: “El amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre.

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Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo”. Es así como el hombre se ha silenciado a sí mismo; ya no tiene interés y no es común arrastrarse por la trascendencia, ni por desafíos realmente humanos. Sólo importa el mercado, sus leyes y su juicio final.

El silencio taciturno, olvida la fundamental exhortación “Conócete a ti mismo”, esculpida sobre en el dintel del templo de Delfos; la reflexión, la audición, tan necesarias en un mundo aparentemente “global” , pero a la vez avasallador y tolerante de las modas. La filosofía, su primario y genuino objeto, “la sabiduría”, su amor y perseverante búsqueda, acucia los corazones y no claudica.

Quisiera terminar con unas hermosas líneas de Max Scheler “El hombre entero ha de sumergirse alguna vez en un ser integral y genuino, libre y noble, si quiere hacerse “culto”. Hay también evoluciones que caminan en sentido contrario al modelo. ¡Evitémoslas! Este modelo no se “elige”. Él es el que nos apresa, atrayéndonos, invitándonos, sumiéndonos insensiblemente en su seno. Modelos nacionales, modelos profesionales, modelos morales y artísticos y, por último, los pocos modelos de la más pura y elevada cultura humana: los santos” (El saber y la cultura)

Luis Robert

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